A ti Betito
Dos años y tres navidades sin ti. Las luces de la temporada ya no son tan insoportables como cuando tenías apenas un mes de que te habías ido. La primera Navidad sin ti fue insoportable. Odiaba a la gente que se sentía feliz por festejar estas fechas, pues yo no tenía nada de qué alegrarme. Apenas había pasado un mes de que habías partido, jamás te volvería a ver. A un mes mi herida estaba abierta. Todo a mi alrededor me dolía, los árboles navideños, las flores de Nochebuena, los regalos, los comerciales invitando a la gente a comprar sus regalos, las luces en los aparadores de las tiendas. No soportaba aquella tortura, quería que terminara pues yo había hecho planes para estar contigo. Aún estarías dentro de mí.
La segunda Navidad sin ti. Había pasado un año de aquella separación. Pensaba que para ese entonces, ya darías tus primeros pasos, y yo cuidaría el árbol de Navidad para que no fueras a causar algún destrozo… pero no fue así. No “destrozarías” nada pues te habías ido. La Navidad fue más “llevadera”, mucha nostalgia, eso sí. Soporté un poco más el ambiente navideño. Pero, aún así, fue triste, no lo niego. Tú no estabas conmigo.
A dos años de tu partida continúo con la misma nostalgia, pues sigues sin estar. Te imagino haciendo “destrozos” en el árbol de Navidad, ayudándome a ponerlo, abriendo tus primeros regalos. Pero no es así, tú no estás. Te palpo sólo con el corazón.
Soporto más las luces, el ambiente, la publicidad que invita a comprar regalos, las luces de las plazas comerciales. Ya no me siento fatal porque otras personas se sienten felices. La nostalgia sigue, es más, creo que nunca se irá. Pero lo veo de otra manera: el mundo tiene que girar, no se puede detener por mí.
En esta tercera Navidad me siento con mejor ánimo. Aún no me siento tan fuerte como para adornar algún árbol navideño. Sin embargo, tolero más la felicidad de otros en estas fechas. En la cena de Navidad no estaré con gente que me incomode, más bien quiero abrazar a las personas que me comprenden. Es un buen paso.
Ya no me encerraré en mi cuarto cuando estén contando las doce campanadas de Año Nuevo. Saldré a contarlas porque estarás ahí y en cada una de ellas pediré por ti, que cada día me des más fuerzas, que me bañes de rayos de luz, que al dormir vengas a visitarme en mis sueños, que me envíes más mensajes de amor, que me despierte cada día con ánimo de seguir adelante, que tenga esperanza, que ya no me enfade con la vida, que no me enoje la felicidad de otros, que me abraces con la lluvia, que el cantar de los pájaros nunca falte, y que nunca, nunca, te vayas de mí.
MDA